Urbanismo y salud

Ester Higueras y Elisa Pozo: “Las residencias de mayores deben centrarse en la persona; ni ruptura ni aislamiento”

230
Ester Higueras y Elisa Pozo
Ester Higueras y Elisa Pozo

Y vino la pandemia y puso todo patas arriba, sin excepciones y con excesos. De estos últimos, el que se lleva la palma por haber pagado el pato con creces – y, sobre todo, con vidas – es el relacionado con la tercera edad. Ha sido la población a la que el coronavirus ha tratado con mayor virulencia y en concreto, en el sector de residencias asistenciales de dependencia, se ha vivido una absoluta tragedia. “Lo que ha puesto en evidencia, más aún, que es necesario plantearse otras formas de envejecer y que para ello es tan imprescindible como urgente repensar y diseñar otro tipo de centros con un modelo de atención centrado en la persona”, opinan las dos entrevistadas.

Ester Higueras (E.H), profesora titular del departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio en la Universidad Politécnica de Madrid, UPM, y Elisa Pozo (E.P), investigadora doctoranda sobre salud urbana y envejecimiento activo en dicha institución, comparten muchos intereses e inquietudes. Ambas son partidarias de avanzar hacia viviendas y residencias “donde envejecer mejor”, algo que “solo se puede conseguir desde una estrategia integrada desde lo urbano hasta lo arquitectónico” que es lo que ellas dominan y desde donde quieren aportar. Al hablar sobre el tema no dejan ninguna duda de que, en su caso, se mezcla lo vocacional con mucho de pasional.

Ahora es cuando se presta atención a la conversación y hay escucha, pero llevabais ya tiempo diciendo cuál era el camino y cómo debían ser las residencias de tercera edad, proponiendo además un diseño preventivo. ¿Consideráis que el Covid-19 ha puesto en valor vuestro trabajo y que puede acelerar la cristalización de proyectos en la dirección que señaláis?

E.H. Ójala se empiece a tomar más en serio; sobre todo, de forma generalizada. Y con ritmo. Esta experiencia crítica que estamos viviendo debería agilizar la toma de decisiones y la búsqueda de soluciones para dinamizar lo que ya estaba planteado. Porque, aunque sin prisa, la sensibilidad sobre el tema ya existía, como lógicamente obliga una pirámide de población que se va ensanchando cada vez más en la franja de mayores de 65 años.

Precisamente, en el mes de noviembre presentamos – desde el grupo de investigación del departamento, junto con el catedrático emérito José Fariña – una guía por encargo del Ministerio de Sanidad con el objetivo de aportar propuestas de un diseño urbano (según zonas de la ciudad, hábitos, etc.) que favoreciera entornos saludables para todas las personas y edades, teniendo en cuenta las necesidades específicas de los más mayores. Medidas para prevenir males y promocionar la salud antes que tener que invertir en Atención Primaria. Luego vino el virus y descolocó todo.

Ester Higueras, profesora titular del departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio en la Universidad Politécnica de Madrid.

No contábamos con ello, porque creíamos ya desterradas las enfermedades infecciosas en nuestras ciudades. Y ahora resulta que las pandemias serán algo recurrente y habitual, lo que nos ha hecho abrir mucho más los ojos y ser conscientes de todas las cosas que hay que cambiar para que algo así no nos vuelva a pillar con el paso cambiado. La arquitectura y el urbanismo tienen mucho que hacer y decir. Después de la guía, hubiera venido la publicación de un libro, pero con todo esto ha quedado pendiente.

¿Incluso serviría para curar o al menos retrasar la enfermedad?

E.H. Sin duda. No sé si curar, pero prevenir, previene. Un diseño urbano ambiental, sostenible y seguro mejora la salud, algo fundamental según aumenta la esperanza de vida. Es importante vivir más, pero no de cualquier manera. Se tiene que procurar una buena calidad de vida. Esta idea ahora ya empieza a rodar, pero ha sido un proceso muy lento. En mi experiencia investigadora, primero vino el urbanismo bioclimático, desde 1990 a 1997, cuando leí la tesis doctoral bajo ese mismo título. Y ahora ya estamos trabajando en urbanismo y salud, desde 2015.

El curso de Postgrado de la Universidad Politécnica de Madrid sobre Envejecimiento Activo, junto al proyecto UNI-Health ha constituido un referente en la materia, ganado por convocatoria competitiva dentro del marco EIT Health. Habrá costado, pero ya van llegando oportunidades y reconocimientos ¿no?

E.P. Es que el trabajo desarrollado a partir de dicho taller en el barrio de Usera de Madrid ha sido muy trascendente, aparte del disfrute que ha supuesto tanto para sus vecinos – también metidos en el proyecto y en el curso – como para los alumnos y profesores. Por no hablar de todo el aprendizaje que ha supuesto. Ha sido un proyecto liderado por la UPM, por nosotras y por las profesoras Cristina Gallego y Emilia Román, en colaboración con la Universidad de Newcastle y la consultora ARUP. Quisimos estudiar cómo vivían los mayores en esta zona de Madrid porque la consideramos triplemente desfavorecida: por el poder adquisitivo medio, la densidad de población muy alta, un alto porcentaje de personas mayores en el distrito y ser un foco de calor con temperaturas superiores a la media madrileña. Esto hacía mucho más motivador el reto de convertirlo en un barrio amigable para todos.

“La gente mayor no quiere dejar su entorno, aunque a veces no se sienten seguros al salir a la calle, porque hay obstáculos físicos y problemas mal resueltos”

Y conviviendo allí con ellos las enseñanzas han sido múltiples y claves para plantear, a partir de esas necesidades que hemos comprobado en directo, soluciones mucho más reales y al detalle. La primera es que la gente mayor no quiere alejarse de donde ha vivido toda la vida, esto es prioritario para ellos, poder seguir cerca de lo que y los que conocen. También hemos visto que ello es posible con los servicios adecuados – y en Usera hay buena estructura social y buena teleasistencia, por ejemplo -, eso hasta un determinado grado de dependencia, claro. En tercer lugar, sienten miedo e inseguridad al salir a la calle, aunque en muchos casos es más subjetivo que real, pero es cierto que no están bien resueltos muchos temas de movilidad: vallas protectoras o bolardos para separar las aceras de las calzadas, pero que suponen un obstáculo para ellos, pocos sitios para sentarse y descansar en sus trayectos, cruces peligrosos, pocas fuentes para beber si sienten fatiga y calor, falta de aseos públicos… Son aspectos que se deben cuidar para procurar que puedan seguir en sus casas todo el tiempo posible, asistiendo a los centros de día para Tercera Edad, centros culturales, parques, centros deportivos y todas las posibilidades y oportunidades de ocio y cuidados, adaptadas a sus necesidades. Esto sería lo ideal, retrasar su marcha del entono habitual.

E.H. Como curiosidad, me parece importante comentar la forma tan diferente con la que viven la vejez hombres y mujeres, ¡no tiene nada que ver! Ni rutinas de actividades, ni horarios, ni caminos, ni destinos. Por tanto, eso también se debe tener en cuenta el diseño urbano.

Llegado ese grado de dependencia que hace insostenible que la persona mayor permanezca en su casa, ¿a qué tipo de oferta residencial debería aspirar?

Elisa Pozo, investigadora doctoranda sobre salud urbana y envejecimiento activo en la UPM.

E.P. Sin duda, a una oferta mucho más variada a la actual. Ahora, una gran mayoría de las residencias son iguales y se plantean en muchos casos como instalaciones aisladas, donde se hace vida casi exclusivamente de puertas adentro, poco integradas en su entorno, aunque estén en plena ciudad, etc… Deberían convivir centros así, que irían remodelándose y desde luego integrándose con la vida exterior (menos herméticos y con una organización y diseño de los espacios más hogareños), con modelos de co-housing basados en comunidades de viviendas y también apartamentos con servicios comunes e interacción entre los vecinos, similares a los de otros países, donde también incluyen programas intergeneracionales. Otras experiencias interesantes son los pueblos adaptados (en Pescueza, Cáceres, e incluso con pequeñas unidades de convivencia totalmente integradas) y las comunidades de enfermeras que existen en los países del norte de Europa.

Precisamente, Elisa, tu tesis se basa en estos nuevos planeamientos del espacio público para hacer “ciudades amigables” incluyendo la perspectiva de las personas mayores con demencia. De todos los viajes que has hecho, ¿qué ejemplos concretos de diseño para residencias de mayores destacarías por ser innovadores y funcionar bien?

E.P. Es difícil elegir, porque hay casos muy distintos que funcionan bastante bien. Eso sí, todos son puntuales, no creamos que fuera esto está ya resuelto. Lo que sí existe y llevan más avanzado es la innovación, el consenso y la certeza de que las pruebas exitosas que se han llevado a cabo tienen que ser el ejemplo a seguir. Desde luego, no dejaría de reseñar como referente a la Universidad de Newcastle y su Centro de Innovación para el Envejecimiento, donde la voz del mayor está incluida y conectada de una forma participativa y se investiga mucho en la mejora de su calidad de vida; un planteamiento hecho con y para ellos.

“No hace falta inventar espacios teniendo una España vaciada con un montón de pueblos que podrían ser el destino perfecto”

En Holanda destaca la experiencia de la “Villa Alzheimer” (Hogeweyk), un complejo residencial para personas dependientes con muchos servicios, librería, teatro, biblioteca, restaurante, una especie de pequeña ciudad dentro de esta, pero además con algunas de estas instalaciones abiertas al público, que entra pagando, y así consiguen parte de la financiación (alquilan el teatro para eventos) y con mucha libertad de movimientos y horarios para las personas que viven allí. En Bélgica, por el contrario, los nuevos modelos residenciales están más centrados en fomentar la inclusión, situados en el centro urbano y con un diseño atractivo para que sean centros comunitarios, de relación con todas las edades y con puertas abiertas para que también entre la gente a sus terrazas, jardines y cafeterías y convivan. Siempre ofrecen habitaciones individuales, organizadas en pequeñas unidades de convivencia y 100% accesibles. Todo muy hogareño y cuidando mucho la seguridad. Son muy importantes las zonas verdes y naturales también.

¿Y se puede pagar con una pensión ese tipo de oferta? ¿Hablamos de propuestas públicas o privadas?

E.P. Según el caso. En el ejemplo holandés, por ejemplo, que está siendo replicado en otros países, es un sistema mixto: una entidad sin ánimo de lucro invierte en este modelo y lo gestiona con apoyo de las instituciones públicas, que son las que transfieren las pensiones. Las personas que viven allí tienen derecho a unos servicios con esa pensión y los “extras” son pagados por la persona o por sus familias. Eso sí, fomentando esas otras fórmulas de financiación, con negocios e instalaciones abiertas a la calle y al público, que pueden entrar pagando. En otros países acogen a estudiantes para que ejerzan de voluntarios y dinamizadores de las actividades de las residencias. Hay variedad y cada vez más sensibilización.

¿Y en España, por qué hay tan poco de esto? ¿No es aplicable o es que el modo de vida de aquí también influye, en contra?

E.H. Hay algún intento ya, pero algo muy concreto y poco representativo. Es verdad que, como dices, nuestra idiosincrasia y especialmente en lo que a la estructura familiar se refiere, incluye lazos que hacen diferente la forma de afrontar la vejez.

La Fundación Pilares para la Autonomía Personal es un buen referente de cómo se están intentando mejorar los espacios residenciales conforme a las guías de diseño existentes, procurando a la vez que no haya ruptura con el proyecto de vida de la persona mayor y prosigan con sus costumbres y rutinas. Sin horarios tan estrictos, todo más personalizado y favoreciendo la autonomía personal. Igualmente, citaría a la Fundación Matia, del País Vasco, que también ha implantado este modelo de atención centrado en la persona.

 ¿Hablar de residencias integradas en la ciudad y a la vez en un entorno natural no es un concepto contradictorio?

E.H. No debería serlo. Es que realmente estamos hablando de diferentes modelos residenciales para las distintas fases de la vejez, también según sea uno dependiente o no. Cuando ya hay mucha dependencia, deja de ser opcional lo de recibir asistencia, y la integración en el entorno urbano es más relativa, por compleja; aunque la apuesta seguiría siendo no aislarles del todo y, por supuesto, procurar igualmente zonas ajardinadas para su bienestar. Y esto también es posible en la ciudad, nuestro proyecto plantea la reforma de los centros existentes, remodelarlos, no hacerlos nuevos, pues pensamos en la rehabilitación y la regeneración de barrios como respuesta a la sostenibilidad. Son dos escalones asistenciales, dependiendo de las necesidades.

Sin embargo, un estudio reciente que analiza todo lo que ha pasado en las residencias de ancianos durante la pandemia, señala a las urbes, sobre todo a las grandes, como el peor lugar para envejecer.

E. P. Depende. Si se ha vivido siempre en la ciudad probablemente eso es lo que se querrá seguir manteniendo, y hay evidencias de que integrar un ambiente naturalizado previene el deterioro cognitivo. Y si encima se consigue ese ambiente inclusivo, en residencias donde todos entran y salen, jóvenes y mayores, que además pueden juntarse en zonas mixtas – como en algunos de los proyectos que mencionábamos -, todo serán más pros que contras. Aparte que así también se pueden plantear modelos inclusivos beneficiosos para otros grupos de población. Por ejemplo, en Alemania hay residencias que acogen a estudiantes gratis a cambio de que durante su estancia hagan una especie de voluntariado y hagan acompañamientos.

“En la UPM estamos trabajando en unas prácticas virtuales, para que los alumnos se pongan en la piel de estas personas mayores a través de un videojuego”

E.H. Ahora bien, si hablamos de grados de dependencia ya elevados, con demencia, pues quizás sí sería aconsejable salir de lo urbano, procurando la proximidad de los familiares. Además, no hace falta inventar espacios, teniendo una España vaciada con un montón de pueblos que podrían ser el destino perfecto.

Ester Higueras y Elisa Pozo (a la derecha), junto a sus compañeras, Cristina y Emilia, que trabajan en la investigación.

Por otro lado, para este segundo grado de mayores, que requieren una atención mucho más compleja y específica, también urge replantear el modelo de cuidados para que vivan con dignidad y calidad en los últimos años de vida. ¡En esta crisis se ha evidenciado mucha escasez de recursos!

Este cambio hacia un modelo de cuidados centrado en la persona tendría que empezar por el interés de los propietarios de los centros, los seguros médicos, etc. ¿Han detectado algún acercamiento o interés por su parte?

E.H. Sí que se están manteniendo algunas conversaciones. Alguna ya anteriores, pero a raíz de todo esto que ha pasado ha crecido el interés. Depende del compromiso y concepto de cada empresa. Con Sanitas llevamos tiempo hablando porque quieren resolver cuanto antes sobre todo esa atención tan específica que requieren las personas más limitadas y enfermas.

¿De qué plazos estamos hablando para que todo el sector se reformule y ponga a punto unos mínimos?

E.P. Pues, como siempre, dependerá de lo que se invierta en investigación que es el paso previo. Hace falta una transformación urgente e inmediata; una revisión a fondo. Aunque será algo paulatino. Se podría ir invirtiendo en innovación para acelerar las soluciones de movilidad, autonomía y seguridad de las personas muy dependientes. También es importante implantar lo tecnológico.

E.H. Como anécdota, contar que en la Universidad Politécnica de Madrid estamos trabajando en unas ‘prácticas virtuales’ para que los alumnos se pongan en la piel de esta población mayor y poder entender mejor lo que sienten. A través de un videojuego podemos desplazarnos por espacios públicos como si fuéramos ellos y tuviéramos esas edades, viendo y oyendo menos, notando fatiga, sed, etc. Es una experiencia fabulosa y el mejor punto de partida para ser capaces luego de diseñar un espacio a su medida. Y a la de todos porque, si es seguro para ellos, lo es para los demás.

La semana pasada, en una webinar sobre tendencias postCovid-19, uno de los ponentes era Martínez-Almeida, alcalde de la capital, y reconocía que “las grandes ciudades se han llevado la peor parte en esta crisis”.

E.H. Es que la población madrileña no es que sea envejecida, es superenvejecida, con predominio de los mayores de 80 años. Por eso es indiscutible que el modelo asistencial y el diseño deben ir unidos en adelante, como garantía de salud. Es la forma de que crisis como la actual no se salden con un balance tan tremendo. Porque habrá más. Y cada pandemia será distinta. En poquitos años, el 60% de las personas superarán los 60 años.

 E.P. Lo único que ha pasado es que se ha evidenciado algo ya sabido y comprobado. Tendrá que ser todo mucho más flexible, para agilizar la gestión y la atención, pudiéndola adaptar a cada momento de crisis. Centros más accesibles, con más fácil aislamiento si hay riesgos de contagio, con personal, espacios amables y no los de ahora (impersonales, donde se desorientan porque no hay referencias, con rotaciones del personal que les despistan mucho y con zonas comunes masificada, en lugar de acondicionar una por cada planta o por ‘x’ número de habitaciones).

Como conclusión, traería una de las frases darwinianas más repetidas en estas semanas de cambio forzoso por el estado de alarma: no saldrán adelante los más fuertes, sino los que mejor se adapten. Y en el caso de las personas mayores, hay que ayudares a hacerlo, incluyéndoles en el debate y adaptando las ciudades a sus circunstancias.