OBITUARIO- General Enrique Rodríguez Galindo. Mi vida contra ETA y por España

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Tuve la oportunidad y la inmensa suerte de disfrutar de la amistad del general Enrique Rodriguez Galindo en su última etapa de la vida ya retirado de la Guardia Civil. Como el mismo decía ya solamente tenía mando sobre unas miniaturas de pequeños guardia civiles de plástico a los que había que dar cuerda para que desfilaran marcialmente. Todos los amigos que acudían a visitarle se llevaban debajo del brazo uno de esos guardia civiles como el que ahora preside mi mesa de escritorio y con el que al mirarlo recuerdo nuestras largas charlas.

Charlas en las que no rehuía ningún tema y lo mismo hablábamos de la situación política, la vida cotidiana en su Zaragoza  adoptiva, de su familia y nietos de los que se sentían orgullosos, de sus dos hijos varones que continúan sus pasos en el Cuerpo y, por supuesto, repasábamos su dilataba trayectoria profesional en la lucha contra la banda criminal ETA. Por el camino tampoco nos dejábamos ningún detalle de las operaciones antiterrorista más importantes que dirigió, e incluso teníamos tiempo para recordar sus disputas con el todopoderoso y polémico líder del PNV Xabier Arzalluz o sus desencuentros con la iglesia vasca cercana al mundo independentista.

Eran tertulias que continuaban con un menú del día en un restaurante cercano a su casa donde el general hacía gala de su austeridad castrense y se permitía pocos lujos. Los viejos hábitos estaban impregnados en su vida, como cuando ministros y autoridades pasaban por el cuartel de Intxaurrondo y terminaban en la cantina para dar cuenta del mismo rancho que la tropa. Allí no había distinción de ningún tipo. Así era Rodríguez Galindo, el primero que se ponía al frente de sus hombres para dar ejemplo y liderar la lucha antiterrorista.

En más de una ocasión estuvo cerca de ser herido gravemente, como el mismo nos contaba. Era un mando querido y admirado por sus subordinados que habrían dado la vida por él. Como jefe todos confiaban en este hombre menudo de carácter inquebrantable.  Era una lucha dura, desigual en la que ETA parecía que nunca podría ser derrotada. Más de 100 guardias civiles murieron bajo sus órdenes. Y cada una de esas muertes eran para el como las de su propia familia.

De profunda creencias religiosas, su constante era una voluntad de hierro de vencer y por eso con los escasos medios que disponía en aquellos años puso en marcha un entramado de información único del que salieron operaciones tan importantes como la de Bidart, en la que fueron detenidos los tres integrantes de la cúpula de la banda que planificaban una serie de acciones criminales con el fin de enturbiar los importantes eventos que tuvieron lugar en España en 1992: los Juegos Olímpicos y la Expo de Sevilla. La detención de Francisco Múgica, “Pakito”; José Arregui, “Fiti”; y José Luis Álvarez Santacristina, “Txelis”, en el caserío Xilocan sería el principio del final de ETA.

Todos los amigos que acudían a visitarle se llevaban debajo del brazo uno de esos guardia civiles en miniatura.

Desde ese momento, como el propio general nos relataba con esa pasión que ponía a su actividad profesional, ETA ya no fue la misma y comenzó su declive hasta su derrota total operativa, protagonizada también por la propia Benemérita que con un trabajo meticuloso continuó tirando de los hilos de las operaciones abiertas que Enrique Rodríguez Galindo había diseñado minuciosamente.

A este militar curtido en mil batallas los españoles de bien que tenemos memoria y no nos dejamos engañar por este repentino blanqueo de nuestra dramática historia terrorista, le debemos mucho y le estaremos eternamente agradecidos. Su autobiografía, “Mi Vida contra ETA”, es el mejor reflejo. Su vida fue precisamente eso, luchar contra la banda más criminal y salvaje que ha tenido España. Gracias a esa extraordinaria labor fue posible la desarticulación de más de 270 comandos y casi 1700 terroristas detenidos que evitaron mucha sangre, lágrimas y sufrimiento a nuestro país.

Por último, no quiero dejar de recordar su condena por el secuestro y asesinato de los presuntos miembros de ETA, Lasa y Zabala dentro del llamado caso Gal. Tema que tampoco rehuía en nuestros conversaciones y del que jamás admitió los cargos empeñando su palabra y su juramento de militar y católico. Y pese a que muchos le dieron la espalda y le dolía el abandono de gente que jamás imagino, nunca tuvo una palabra más alta que otra para referirse a esas personas y a la clase política y judicial que le condenó. Él solo asumió toda la responsabilidad y la condena.

Gracias a su enorme corazón, fuertes convicciones y creencias nunca se sintió solo porque eran legión los seguidores de este condecorado militar y entre ellos algunos de los altos cargos de la época socialista que codo con codo lucharon contra la banda terrorista y que le visitaban recurrentemente en su domicilio zaragozano.

Y me gustaría concluir con el Artículo 6 de la Cartilla de la Guardia Civil, que creo que mejor define a este hombre que entregó su vida por España sin otro premio que el servicio a los demás: “El Guardia Civil no debe de ser temido sino de los malhechores; ni temible, sino a los enemigos del orden”.

Mauricio Fernández es periodista y editor de Escudo Digital.