La nueva normalidad, un puzle de varias piezas

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Javier González, director general de Biocriptology

Nos toca vivir una nueva época en la que se presentan nuevos retos provocados por el Covid-19, que implican también grandes incertidumbres a resolver por nuestra civilización. Repentinamente, la forma habitual de relacionarnos con nuestro entorno y con los demás, ha sido puesta en cuestión. Los humanos, esencialmente seres sociales, hemos tenido que oponernos a nuestra herencia genética milenaria y al entorno social en el que nos movíamos para defendernos de un ser microscópico que amenazaba nuestra supervivencia. 

Probablemente la amenaza está siendo contenida, o lo será en un tiempo razonable, pero ha revelado nuestras debilidades en un elevado número de frentes. Hubo avisos anteriores que debimos atender y que anticipaban que podría haber un desastre: el ébola, el MERS, la Gripe A, el SARS, etc., pero lo cierto es que en ninguna de esas ocasiones el impacto global llegó a los niveles actuales. Bill Gates advertía en 2015 en su ahora famosa conferencia en TED, de las carencias mundiales de nuestros sistemas de detección temprana de amenazas víricas y alertó de la falta de fondos, recursos y planes de contingencia de los sistemas sanitarios globales. En un mundo interconectado, no sólo virtualmente sino físicamente, una pandemia pondría en peligro toda nuestra estructura económica, sanitaria y social.

Si tenemos en cuenta, como recoge Katherine J. Wu en la revista National Geographic en su artículo de abril de 2020, hay una estimación alrededor de  virus diferentes en nuestro planeta, con seguridad, nos enfrentaremos a retos similares a los presentes en un futuro próximo.

Por descontado, los gobiernos, autoridades, organizaciones mundiales, nuestros científicos y la sociedad en su conjunto tendremos que adaptar nuestra forma de vida a una nueva normalidad, mientras construimos una sociedad preparada para enfrentar el futuro.

Hay una cuestión sobre la que considero que podemos lograr avanzar rápidamente para conseguir mejorar nuestra vida cotidiana, la economía de nuestras sociedades y contribuir a reducir los riesgos de propagación. 

Es evidencia científica que aumentar la distancia entre cada uno de nosotros y el resto de las personas, así como minimizar la cantidad de objetos externos que tocamos, reduce la posibilidad de contagios. El uso de mascarillas es un claro ejemplo de prevención y su uso se ha convertido en obligatorio en multitud de espacios públicos.

En consecuencia ha llegado la implantación de tecnologías #contactless, #touchless y #cashless. Podemos tokenizar nuestra tarjeta y aplicar tecnologías de pago sin contacto como NFC o bien mediante el escaneo de un código QR, Google Pay, Samsung Pay o Biocryptology ya permiten hacerlo; la recogida de paquetería en casa y oficina, que se confirma mediante la firma en un soporte electrónico, puede sustituirse por la identificación del titular a una distancia media a través de un sistema de identificación biométrica que autentique al receptor ante el proveedor logístico. También podemos hacerlos con nuestro smartphone sin firmar en ningún otro dispositivo ajeno a nosotros.

El registro de acceso a nuestro lugar de trabajo u oficina, que se viene realizando mediante la introducción de códigos en un teclado o por medio de un lector de huella común (que obliga al contacto del mismo terminal a infinidad de empleados) puede sustituirse por un sistema de reconocimiento biométrico del empleado que evite el contacto.

En muchas salas de consultas médicas hay habilitados sistemas de autoregistro del paciente que implican el contacto con terminales y pantallas de uso común o con formularios en papel, que hay que entregar en mano y firmar. Esto se puede hacer a distancia intercambiando de forma remota nuestros datos personales y utilizando la firma digital. ¿Como? También con nuestro Smartphone.

Los ejemplos son innumerables y nuestra vida cotidiana está repleta de ellos

Pero este puzle de acciones “-less”- no funciona sin una pieza básica, que actúa como reactivo para las otras y que posibilita el acceso a todas estas soluciones tecnológicas: la identificación unívoca de las personas.

La pieza central del puzle, la identificación. En cualquier transacción o intercambio de bienes y servicios entre dos partes es fundamental el reconocimiento mutuo entre ellas. En el comercio tradicional los negocios se hacían cara a cara y la identificación de cada parte por la otra era sencilla. Los estados añadieron sistemas de identificación centralizados que permitían que las partes se pudieran identificar ante los otros mostrando su documento de identidad. Pero, ¿y en el mundo digital y sin contacto?, ¿cómo nos identificamos? Básicamente mediante la combinación de dos elementos: un nombre de usuario y una contraseña.

Este sistema nos viene acompañando desde los orígenes de internet. Por desgracia, el uso de este sistema de identificación tiene tantas grietas que nuestra identidad digital y todo lo asociado con ella, está permanentemente en riego por la posibilidad de robo y utilización indebida de nuestros datos por terceros.

Por fortuna, somos seres únicos y la incipiente implantación de la biometría como método de identificación ha venido a liberarnos de la necesidad de usar las molestas y frágiles contraseñas.

La biometría como elemento de identificación

Hace ya muchos años que el uso de la biometría está siendo empleado en multitud de aplicaciones para identificar de forma única a las personas. En yacimientos arqueológicos, como los de las cuevas de Monte Castillo, en Puente Viesgo, Cantabria, se descubrieron huellas dactilares que, tal vez a modo de firma, dejaron impresas en sus obras pintadas sobre piedra nuestros antepasados. ¿Ya sabían que la huella dactilar era un elemento de identificación única?  Probablemente no, pero tal vez lo intuían.

Se sabe que la cultura china en el período de la Dinastía Qin (más de 200 a. de C.) ya utilizaba las huellas de las manos como método de firma. El criminalista Juan Vucetich, allá por 1891, recogiendo muchos otros avances previos, creó un sistema de identificación antropométrica que permitiría identificar de manera certera a las personas por sus patrones dactilares. Esto fue el comienzo de un avance singular en el esclarecimiento de delitos, al poder identificar de manera fiable a los posibles causantes.

¿Que tiene la huella que la hace tan útil para identificarnos? Pues algunas características imprescindibles para que un sistema de identificación mediante biometría sea fiable son:

  • Imperecederas: nos acompañan desde antes de nacer.
  • Inmutables: no cambian durante nuestra vida.
  • Únicas en su forma: no hay dos huellas iguales.

Una lectura fundamental para conocer la historia de las huellas dactilares es la obra publicada en el 2017 por el Instituto Nacional de Justicia de los Estados Unidos: “El Libro de Referencia de las Huellas Dactilares”, NCJ Number 249575.

Hay otras tecnologías de reconocimiento biométrico que el mercado va adoptando con mayor o menor éxito. El reconocimiento facial, la lectura de iris, el reconocimiento de voz, cada una de ellas con sus ventajas e inconvenientes a la hora de su aplicación real en soluciones de identificación y reconocimiento de personas.

Las regulaciones europeas están abordando la cuestión de la identidad digital desde diversos aspectos como son el Reglamento europeo 910/2014 de 23 de julio de 2014, conocido como reglamento eIDAS, la Directiva de pagos PSD2 complementada por el Reglamento Delegado 2018/389 de la Comisión de 27 de noviembre de 2017, o incluso el propio Reglamento europeo de Protección de Datos, de 2016/679 de 27 de abril de 2016.  Sin duda, la accesibilidad, la disponibilidad, el ejercicio de la libre competencia, la interoperabilidad y la protección de los derechos de los ciudadanos son cuestiones que han de mantener un equilibrio, no siempre fácil de conseguir.

En cualquier caso, todo indica que la biometría digital va a formar parte de nuestro futuro DNI digital, como ya lo es ahora nuestra huella dactilar, que forma parte de nuestro documento nacional de identidad.

Aquí es donde encaja esta pieza del puzle que lo completa, la identificación. Sin ella no podemos construir sistemas #contactless, #touchless o #cashless fiables y eficientes.

En esta nueva realidad de distanciamiento físico, ¿por qué no aprovechar nuestra identificación para poder pagar, para poder firmar, para habilitar accesos a lugares físicos o a entornos digitales? Sólo necesitamos el instrumento que permite integrar todo eso que necesitamos. Y está en nuestro bolsillo: nuestro smartphone. El primero ya fue creado hace 16 años con lector de huella.

Hoy en día la mayor parte de los nuevos teléfonos móviles traen incorporados uno o más sensores biométricos, habilitándolos como la herramienta perfecta para la identificación de sus propietarios. Integrando en nuestro teléfono móvil, nuestra identidad digital, combinada con nuestra biometría tenemos la posibilidad de acceder a toda una gama completa de servicios, seguros, instantáneos y adaptados a esta nueva normalidadl

La tecnología disponible actualmente permite hacerlo a un coste marginal. No avanzar por ese camino sería quedarnos impasibles ante una nueva normalidad que nos urge a transformar las formas que utilizamos para relacionarnos.

Sin duda se presentan tiempos complicados, llenos de retos que superar y transformaciones que acometer. ¿Cuándo no ha sido así a lo largo de nuestra historia? Los retos que se plantearon en tiempos remotos impulsaron a las acciones que consiguieron superarlos.

Citando a Mark Twain, “Los obstáculos no son más que un condimento del triunfo.” Completar el puzle y adaptarnos a la nueva normalidad está al alcance de nuestras manos.