La Pandemia como base de dudosas campañas: el caso ING

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Desde el origen de la Pandemia, el pago en dinero efectivo sufre el acoso de grupos de presión.

La Pandemia de coronavirus está removiendo los pilares de nuestra sociedad, lo cual nos está obligando a actuar con rapidez para no colapsarnos. Como ejemplo, la ley que regula el teletrabajo y que entra en vigor en pocos días. Quién iba a decirnos hace seis meses que organizaciones empresariales, sindicatos y gobierno iban a ser capaces de ponerse de acuerdo tan rápido en un asunto tan delicado. Pero es que cuando aprieta el zapato, o aflojas los cordones, o metes una horma, o los tiras. Y nosotros, no podemos deshacernos nuestro modelo de organización social y económica.

Lo que sucede es que, como reza el dicho, “a río revuelto ganancia de pescadores”, hay quienes ven en esta gran crisis una oportunidad para meter en la gran saca que contiene los posibles cambios viejas aspiraciones que, lejos de suponer un bien para la sociedad, responden a intereses destinados a mejorar la cuenta de resultados de quienes los promueven.

Uno de esos casos es la ofensiva que, desde el origen de esta Pandemia, se está intensificando contra de los pagos en dinero efectivo.

Primero fue exponer a monedas y billetes como principales causantes de la transmisión del coronavirus, algo que en el pasado mes de abril tachó de infundado la Organización Mundial de la salud (OMS), que afirmó por boca de su portavoz Fadela Chaid que, “esto no es imposible, pero lo es en la misma medida que si se tiene contacto con otros muchos materiales”.

Y, desde entonces, periódicamente hemos visto aterrizar distintas campañas que proponen el fin del uso del dinero en metálico, algo a lo que por cierto ya se refirió el Banco Central Europeo el pasado mes de junio ante una proposición no de ley del PSOE para la eliminación gradual de los pagos en metálico. Entonces, el BCE fue contundente: su desaparición definitiva infringiría directamente el Tratado de la Unión Europea, y tachó de desproporcionada una medida que tendría un “impacto potencialmente adverso” que podría dificultar la “liquidación de transacciones legítimas” y hacer peligrar “el concepto de moneda de curso legar consagrado en el Tratado”. Por cierto, hace ya más de un año ante una ofensiva similar en Italia, Mario Draghi alertó de que erradicar el efectivo podría generar problemas si se dieran fallos en los sistemas técnicos, por ejemplo, de electricidad o conexión a Internet.

El caso es que en estos días ING ha hecho pública una encuesta realizada entre 13.000 personas procedentes de 13 países europeos que supuestamente coloca a España en el segundo puesto del ranking de países con mayor predisposición a dejar de utilizar el dinero en efectivo, solo por debajo de Turquía.

Una encuesta cuyas conclusiones están íntimamente alineadas con el modelo de negocio de su promotor, ING, banco online que al carecer de sucursales se ve obligado a ofrecer cash a sus clientes en las redes de cajeros de otras entidades financieras (lo que implica un gasto) y en cuyo plan estratégico figura la promoción de todo pago digital como ventaja competitiva y reducción de costes.

Esta relación entre el informe y sus promotores ya deslegitimiza por sí sola cualquier conclusión, y lo que hace es ponernos sobre la pista de que, una vez más, se está tratando de abrir este debate acudiendo a técnicas poco rigurosas, pero con recorrido mediático. Esperar en este informe figure una defensa del uso del dinero en efectivo sería como pedir al próximo estudio de Durex sobre los hábitos sexuales de los españoles que concluya que estos deberían practicar menos sexo, o que la encuesta de una empresa de lácteos se exprese en contra del consumo de leche de vaca. Algo impensable e imposible.

Pero volviendo al caso que nos ocupa, son innumerables las razones que avalan la necesidad de mantener el dinero en efectivo, sin perjuicio de que en paralelo se potencien otras formas de pago que sirvan para abrir el abanico de posibilidades y mejorar el control de las grandes operaciones.

Y, entre estas razones, más allá de la imposibilidad de dejar desasistidas a los millones de personas porque no saben o no quieren, siguen empleando el dinero en efectivo en sus transacciones, tenemos otras de carácter puramente tecnológico. Y es que no podemos jugárnoslo todo a una carta; debemos tener, por nuestra propia seguridad, las posibilidades de pago repartidas en distintas cestas, y como alertaba Draghi, ni podemos ni debemos fomentar la dependencia digital de nuestra economía, por lo que pueda pasar.

Recuerdo a un viejo escritor que en una entrevista afirmaba que él seguía fiel a su vieja Olivetti y que jamás había encendido un ordenador. Decía para defender su posición que, a diferencia de lo que sucede con una cuchara, la cual te lleva siempre la comida a la boca, a él no le gustaban los aparatos que unas veces hacen lo que tienen que hacer, y otras no. Y aunque no le faltaba razón, sin duda lo más conveniente para él hubiera sido buscar un equilibrio entre su máquina de escribir y un ordenador. De esta manera, no dependería ni de la falta de cintas, como posiblemente le suceda ahora, ni de los continuos cambios de reglas en el ámbito tecnológico (“una cuchara siempre será una cuchara”).

Seamos prácticos y no nos dejemos arrastrar por las prisas impostadas que, en estos tiempos de cambios acelerados por el Coronavirus, tantas veces se quieren disfrazar de necesidad.

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La Pandemia como base de dudosas campañas: el caso ING
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La Pandemia como base de dudosas campañas: el caso ING
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Desde el origen de esta Pandemia de Coronavirus, se están intensificando las campañas contra de los pagos en dinero efectivo. ING escribe un nuevo episodio.
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