Supongamos que nos encontramos en una clase práctica de un máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia, analizando la posición estratégica de España en el contexto actual europeo. La primera observación que podríamos hacer es que, durante muchos años, España no ha desarrollado una verdadera cultura estratégica. Este déficit, derivado principalmente de un escaso interés social por los temas de defensa, ha limitado notablemente nuestra capacidad para responder ante los desafíos internacionales (Arteaga, 2021). A diferencia de otros países europeos, España se ha acostumbrado a reaccionar a corto plazo, dejando de lado una planificación clara y consistente.
Esta falta de conexión entre la política del día a día y una visión estratégica de largo alcance ha provocado decisiones inconsistentes. Frecuentemente, medidas clave sobre defensa han obedecido más a coyunturas políticas o electorales que a un análisis profundo sobre nuestros intereses permanentes como país. El resultado es evidente: inversiones en defensa que llegan tarde o son insuficientes, programas militares aplazados indefinidamente y, en consecuencia, unas Fuerzas Armadas que han debido realizar esfuerzos extraordinarios para cumplir sus compromisos (Del Arenal, 2019).
Sin embargo, cuando observamos el mapa de Europa, comprobamos que España tiene una posición privilegiada. Su situación geográfica, junto al Estrecho de Gibraltar, hace que sea una frontera natural estratégica entre Europa y África, y un actor indispensable para garantizar la estabilidad del Mediterráneo occidental y el Atlántico (Rodríguez & Fojón, 2022). Esto significa que, en teoría, España podría jugar un papel activo y relevante en la toma de decisiones sobre seguridad y defensa en Europa y en la OTAN. De hecho, la experiencia y capacidad de nuestras Fuerzas Armadas en operaciones internacionales demuestran claramente ese potencial.
Ahora, con la invasión rusa a Ucrania desde 2022, Europa ha cambiado drásticamente su percepción estratégica, lanzando un ambicioso plan denominado “ReArmar Europa” y el Libro Blanco sobre la defensa europea, que pretende movilizar cerca de 800.000 millones de euros en inversiones militares durante los próximos años (European Defence Agency, 2023). La intención principal de esta iniciativa europea es doble: reforzar la seguridad en el continente y disminuir nuestra dependencia estratégica de Estados Unidos.
Pero aquí surge un problema importante: lograr esa soberanía estratégica europea en el corto plazo es prácticamente imposible. La industria europea de defensa arrastra desde hace décadas problemas estructurales graves, entre los que destacan la divergencia en los intereses nacionales, una capacidad de producción insuficiente y un ritmo excesivamente lento en innovación tecnológica (Mejino-López & Wolff, 2025). Esto impide cubrir rápidamente las nuevas necesidades que han surgido con conflictos recientes.
Por eso, aunque Europa aspira a una soberanía estratégica, en realidad todavía dependerá inevitablemente, al menos a corto y medio plazo, de la industria militar estadounidense, que es la única con capacidad suficiente para responder de inmediato a la demanda europea (Fiott, 2024).
Un ejemplo reciente ilustra perfectamente este problema. Hace unos días, Donald Trump anunció el desarrollo del F-47, un avanzado avión de combate de sexta generación. Según sus palabras, “será el avión más avanzado, más capaz y más letal jamás construido. Una versión experimental lleva casi cinco años volando en secreto y sus capacidades están muy por encima de las de cualquier otra nación”. Mientras tanto, Europa sigue desarrollando el proyecto FCAS, un avión similar cuyo primer prototipo ni siquiera estará operativo hasta 2040. Este contraste pone claramente en evidencia que Europa no podrá lograr pronto su tan deseada soberanía estratégica, haciendo que la dependencia tecnológica y militar respecto a Estados Unidos sea todavía inevitable.
Ante esta situación, aunque Europa sigue teniendo el objetivo de alcanzar una autonomía estratégica, debe reconocer de forma realista la dependencia tecnológica y operativa que tiene hoy día de Estados Unidos. La prioridad debería ser desarrollar capacidades propias a medio y largo plazo, invirtiendo constantemente en innovación, cooperación y fortalecimiento industrial europeo.
España, en particular, se enfrenta al desafío fundamental de aprovechar su posición estratégica para influir positivamente en la seguridad europea, mientras que al mismo tiempo desarrolla una visión nacional clara y estable en materia de defensa. La clave es que los españoles entiendan que invertir en seguridad y defensa no es un simple gasto, sino una inversión esencial para proteger nuestros intereses y fortalecer nuestra posición internacional.
Referencias
Arteaga, F. (2021). La cultura estratégica en España: Un análisis necesario. Revista Española de Defensa, 5(2), 12-27.
Del Arenal, C. (2019). Política exterior y de seguridad de España: desafíos y oportunidades en el contexto europeo. Madrid: Editorial Tecnos.
European Defence Agency. (2023). Strategic Autonomy and the Future of European Defence. Brussels: EDA Publications.
Fiott, D. (2024). European Strategic Autonomy: Between Ambition and Reality. Journal of Common Market Studies, 62(1), 75-90.
Mejino-López, J., & Wolff, G. B. (2025). Boosting the European Defence Industry in a Hostile World. Intereconomics, 60(1), 34-39.
Rodríguez, N., & Fojón, F. J. (2022). Geopolítica del Mediterráneo occidental: implicaciones para España. Madrid: Instituto Español de Estudios Estratégicos.