Hace diez años, exactamente el 19 de junio 2014, Felipe VI pronunció su primer discurso como Rey de todos los españoles. Lo hacía durante el acto de proclamación de Rey de España, jurando ante la Constitución española y ante los todos los diputados y senadores de la X legislatura. Su proclamación supuso el punto final del reinado de su padre, Juan Carlos I, como así lo había dispuesto la Ley de Abdicación, cuya entrada en vigor se produjo solamente un día antes.
Sin embargo, la abdicación no fue del todo completa como Felipe hubiera deseado. Quedaron excesivos "asuntos" sin cerrar, que hicieron prácticamente imposible que la regeneración que el nuevo Rey debía representar fuese efectiva desde el primer momento. La sombra de Don Juan Carlos, la de la Infanta Cristina y la de su exconsorte han sobrevolado permanentemente el reinado de Felipe VI. Un lastre que sigue sin terminar de desprenderse definitivamente y continúa siendo una remora para un Rey al que muchos le negaban el reinado empeñándose en profundizar en la brecha de "las dos Españas", las de Monarquía o República.
Ese fue el escenario en el que el joven Rey accedió al trono. Para muchos españoles, iba a ser un Rey que no duraría mucho, por lo que apenas le dieron tiempo para demostrar el modelo de Monarquía constitucional que quería para España. Una Monarquía sin duda muy diferente a la de su padre, quien indiscutiblemente contó con la ventaja mediática y popular que la joven democracia española le regaló en su inicio como monarca en 1975. Su hijo no ha tenido esa suerte, todo lo contario.
Desde aquel 19 de junio de 2014, Felipe VI se ha esforzado sin descanso en superar las narrativas de sus detractores, de aquellos que instigaban para ahondar entre "las dos Españas". La reciente historia de nuestro país no le ayudado a ello. Pronto el debate Monarquía o Republica quedó temporalmente aparcado, resurgiendo un nuevo dilema que volvió a avivar el fuego de la división entre los españoles.
El separatismo catalán, una crisis ante la que el Rey alzó la voz
La X legislatura fue la última del bipartidismo del hoy denostado "régimen de la transición". Cuando apenas un año más tarde acababa, se iniciaba amenazante el acontecimiento que más ha dividido a los españoles desde la muerte de Franco. En 2012 había nacido en Cataluña un proceso separatista que pensó que no podía dejar pasar la oportunidad que ofrecía la debilidad que denotaba el Estado español. Un Estado que, desde 2014, contaba con un nuevo Jefe, Felipe VI, acosado por las presuntas corrupciones de su familia. Un Estado que no supo ni pudo abordar con garantías la crisis del separatismo catalán y que dejó solo al joven Monarca en la defensa de la unidad de España, que él mismo tuvo que hacer el 3 de octubre de 2017.
Después de valorar el cariz que los acontecimientos estaban tomando a raíz del referéndum inconstitucional del 1 de octubre y ante la inacción que se destilaba por parte del Ejecutivo, Felipe VI se dirigió dos días después a todos los españoles recordando a la Constitución. Sin embargo, sus palabras y su mensaje fueron tendenciosamente utilizados por los separatistas para ahondar aún más en división territorial del país.
El discurso de Felipe VI del 3 de octubre de 2017 fue posiblemente el más importante de su recién estrenado reinado hasta ese momento. Supuso un alivio para la mayoría de los españoles, una mayoría entre la que lamentablemente no se encontraba la mayor parte del pueblo catalán. Una sociedad, la catalana, que había sido sometida a un síndrome de Estocolmo colectivo por parte de las instituciones públicas autonómicas encabezadas por el propio Parlamento catalán, que el 27 de ese mismo mes aprobaba una Declaración de independencia. La nueva mayoría "progresista" en el Congreso de los Diputados, surgida de la moción de censura al gobierno de Mariano Rajoy, indudablemente ayudó a ahondar en la brecha constitucional que pretendían aquellos que querían abandonar España. Las minorías pasaban a tener un rol protagonista en detrimento de los dos grandes partidos de la alternancia política en España hasta ese momento.
El papel actual del Rey y su discurso de Navidad
Desde entonces, Felipe VI ha seguido trabajando desde su condición de Jefe del Estado y Rey de todos los españoles. Todas las Nochebuenas llega a nuestros hogares a través de su discurso de Navidad. En la mayoría de ellos, forma parte de la liturgia que las familias españolas realizan año tras año alrededor de la cena siguiendo una tradición ancestral. El Discurso del Rey forma parte de esa liturgia en la forma, pero hoy más que nunca es necesario adentrarse en el fondo e interiorizar su contenido. Los eslóganes antimonárquicos de muchos partidos políticos no ayudan a ello, más bien lo contrario. Solo basta escuchar los ecos en las redes sociales, donde habitualmente se expresan para constatar lo evidente. Muchos de esos partidos no acaban de comprender que la tradición monárquica en España es coherente con nuestra historia y, además, es la elegida por muchos de los países situados en los estándares de mayor calidad democrática y de progreso social.
A diferencia de otros, Felipe VI habla en sus discursos de logros personales o asociados a su tarea pública, que le otorga la Constitución. Lo hace en nombre de la Institución, la Corona, sin personalismos. Su papel como Jefe del Estado está por encima de consignas y se asocia sin duda a una institución, la Monárquica, que forma parte de la idiosincrasia de la nación española desde 1812, año en el que se inició el constitucionalismo en nuestro país y desde el que solo se ha visto interrumpida por dos desastrosos periodos efímeros republicanos y por una dictadura franquista que sólo representó a los vencedores de una guerra fratricida.
En el sistema democrático español, Felipe VI hace de su papel integrador y apartidista el eje central de su legitimación en el ejercicio de su responsabilidad de Rey a través de dos máximas: la dignidad y la ejemplaridad de sus acciones. Su papel es permanente, simboliza los valores que los españoles nos hemos dado en la Constitución, pero su función tiene que desarrollarla sin poderes, sólo con el apoyo del Estado. Un Estado de una nación, la española, que se debate entre sus cada vez más detractores que la niegan en detrimento de un modelo plurinacional. Un modelo en el que, sin duda, el bien común pasa a un segundo plano en favor del bien de unos pocos.
Por ello, el discurso del Rey de esta Nochebuena de 2024 ha sido realmente especial. Felipe ha hablado de la solidaridad de todos los españoles en repuesta a la tragedia de la DANA que surge de una misma raíz: el bien común, su conciencia, su expresión, su exigencia… que, por encima de divergencias y desencuentros, debe prevalecer en la sociedad y, por tanto, protegerlo y reforzarlo por parte de todas de todas las instituciones y Administraciones como algo esencial que debe ser consensuado y orientar la esfera de lo público.
Sobre esa base, sobre el bien común de todos los españoles, Felipe ha centrado su discurso abordando cuatro aspectos que ha querido destacar: la gestión de la inmigración, las dificultades en el acceso a la vivienda, la creciente inestabilidad internacional y el clima en el que se desarrolla con frecuencia el debate público en España. Es este último aspecto con el que quizás el Monarca haya querido transmitir, sin caer en personalismos, su preocupación por el grave deterioro que sufre el debate político en España, y su incapacidad para llegar a soluciones de consenso sobre los grandes temas de Estado y para que se aborden políticas públicas que beneficien a la mayoría de los españoles.
Propugnación de un Pacto de Convivencia al que se oponen muchos políticos
Para ello, Felipe VI fundamentó su línea argumental en la gran referencia en España, la Constitución de 1978. Apeló a su letra y a su espíritu para recordar el acuerdo en lo esencial del principio fundamental que la inspiró. Destacó que trabajar por el bien común es preservar precisamente el gran pacto de convivencia donde se afirma nuestra democracia y se consagran nuestros derechos y libertades, pilares de nuestro Estado Social y Democrático de Derecho. Recordó que, a pesar del tiempo transcurrido, la concordia de la que fue fruto sigue siendo nuestro gran cimiento. Y concluyó que cultivar ese espíritu de consenso es necesario para fortalecer nuestras instituciones y para mantener en ellas la confianza de toda la sociedad.
En su discurso de Navidad de este 2024, Felipe VI, abogó en definitiva por un Pacto de Convivencia, de altura de miras política, generoso, de voluntad común y de acción del Estado que la contienda partidista, "atronadora", es incapaz de impulsar a pesar de las demandas sociales de "serenidad". Serenidad en la "esfera pública y en la vida diaria para afrontar proyectos colectivos o individuales…" en los que es innegable que la clase política está profundamente (inexorablemente quizás) dividida, a pesar de las repetidas llamadas del Rey: "España es un gran país. Una Nación con una historia portentosa, pese a sus capítulos oscuros…".
El problema es ese, que muchos no creen en ello, niegan la existencia de España como Nación, tal y como establece el artículo 2 de la Constitución, que se sustenta en su indisoluble unidad. Una gran parte de la clase política no lo piensa así, no creen que la nación española sea "la patria común e indivisible de todos los españoles" y, lo que es más grave, lanzan eslóganes mediáticos con los que abonan la idea de una paulatina descentralización del Estado. Un Estado que inexorablemente se dirige de forma vertiginosa hacia una desaparición diferida del concepto de la nación española. España es la única Nación del Estado español, según su Constitución, lo demás son nacionalidades, nada que ver. Sin embargo, la idea, el mensaje, el eslogan del Estado plurinacional que abogan y difunden muchos de sus políticos es insultantemente anticonstitucional y nadie desde el Gobierno hace nada para "negar la mayor".