Casi con toda probabilidad no va a ser posible. A pesar del “exploratorio” intento de Macron convocando a los JEMAD de la UE haciéndolo coincidir con el Paris Defence Strategy Forum celebrado esta pasada semana en el emblemático foro de L’École Militaire, la UE no va a intervenir. Hay una razón de peso de índole geopolítico: Rusia no lo va a consentir. En un hipotético acuerdo de paz, aún no alcanzado, Rusia no va a acceder que la Unión haga de “gendarme” de la paz. No permitirá que su actual adversario geopolítico, aquel que le ha sancionado hasta la saciedad y apoyado incondicionalmente a su enemigo en la guerra, se pasee por el escenario de guerra llevándose “los dividendos de la paz”. No lo permitirá a menos que Trump le obligue.
En ese caso y sólo en ese caso, Europa podrá actuar. Cabe preguntarse entonces si la actual dinámica de la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) sería capaz de articular una repuesta. El escenario no es África, ni siquiera Asia central donde la PCSD ha actuado anteriormente siempre en conflictos internos, nunca intermediando en una guerra a gran escala entre dos Estados soberanos. Ahora hay que comprobar si en el Tratado de la Unión Europea (TUE) encaja la hipotética intervención que supondría la creación de una sólida estructura política, que sustentase una Fuerza militar europea de interposición.
La creación de esa Fuerza necesitaría como condición sine qua nom la autorización de nivel político de los 27, de todos Los jefes de Estado y de Gobierno. Aquí nos encontramos con el primer escollo de países como Hungría o Eslovaquia en una intervención militar “no acorde” a los intereses rusos. Eso obligaría a una ardua tarea de negociación interna que nos conduciría, en el mejor de los acasos, a un modelo de contribución voluntaria, algo habitual en la PCSD cuando se trata de decidir despliegues de fuerzas militares. Para ello, todos los Estados miembros deberían estar de acuerdo que la operación militar se enmarca en el art. 43.1 del TUE, que matiza que sólo se pondrán en marcha “aquellas que, interviniendo fuerzas de combate, se realicen para gestión de crisis, como las de restablecimiento de la paz y las de estabilización al término de los conflictos como parce que puede ser el caso.
El proceso de constitución de la Fuerza de Interposición
En cualquier caso, en el hipotético caso de su constitución, el establecimiento de esta Fuerza de Interposición sería sin duda mucho más compleja que lo que la UE ha realizado hasta ahora. Desde luego, nada que ver con sus actuaciones anteriores en Balcanes, Mali o República Centroafricana donde sus despliegues no pasaron de unos pocos miles de efectivos. Aquí estamos hablando de una Fuerza capaz de desplegarse a lo largo, no sólo de los 2.000 kilómetros de la línea de frente terrestre, sino también en áreas adyacentes, y me refiero en este caso al Mar Negro, marenostrum común de las Armadas rusas y ucranianas. Una Fuerza de Interposición europea “creíble” con unas Reglas de Enfrentamiento exquisitas que los rusos mirarían con lupa.
Así, salvado el primer nivel de decisión de la política de la defensa europea, el Consejo Europeo pasaría a determinar la Misión de la operación asesorado por el Comité Político y de Seguridad (PSC). Por supuesto que su texto estaría previamente acordado con los EE.UU. y Rusia, para lo que la Oficina del Alto Representante (AR), quien es responsable de la ejecución de la PCSD y de la dirección estratégica de la operación militar, desplegaría un extraordinario esfuerzo diplomático. Y todos sabemos que la persona (actual y anterior) no es bien vista en Moscú. Ni siquiera en Washington, donde hace escasas semana se canceló sin muchas explicaciones la primera reunión prevista entre Marco Rubio y Kaja Kallas.
Una vez resuelto el asunto el escollo de la Misión entraría a funcionar la maquinaria militar de la PCSD con la implicación del del Comité Militar de la Unión (EUMC) compuesto por los jefes de Estado Mayor de la Defensa (máxima graduación en las Fuerzas Armadas) de todos los Estados que ejercería una función asesora primordial al AR y del PSC. No en vano su presidente asiste a sus reuniones y a las del Consejo, en su caso. En este eslabón político-militar se sitúa el Estado Mayor Internacional (EUMS) cuyo jefe tiene el rango de Teniente General o Almirante. El EUMS depende del EUMC, cuyas decisiones y directivas ejecuta, y al que asiste en la evaluación de la situación y el planeamiento estratégico de los aspectos militares.
Fuerzas militares europeas, cascos azules…
Sin embargo, hasta el momento todo es ilusorio. Vladimir Putin acaba de declarar que no acepta el alto el fuego acordado el pasado martes 11 de febrero en la ciudad costera saudí de Yeda por ucranianos y americanos en Riad. No es el momento. Varias son las razones expuestas por el mandatario para aceptarlo. En primer lugar, quiere que el alto el fuego vaya inexorablemente unido a sus condiciones para poner fin a la guerra: reconocimiento de la soberanía rusa sobre la península de Crimea y de las cuatro provincias invadidas (Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia), garantías de que Ucrania no formará parte de la Alianza Atlántica (OTAN) y finalmente la renuncia de Zelenski de la presidencia ucraniana. Esas son las condiciones que Putin ha enviado a Trump después de reunirse con el enviado norteamericano Steve Witkoff, en el Kremlin.
Paralelamente a ello, el pasado jueves, 13 de marzo, la portavoz del gobierno ruso, María Zajárova, insistió en que su país no tolerará el despliegue de fuerzas militares europeas en Ucrania porque supondría la implicación directa en el conflicto de esos países contra Rusia. Con un Putin que se sabe virtual ganador del conflicto y con el por el momento apoyo ¿incondicional? de Trump, el deseo de Europa de posicionarse como “gendarme de la paz” en el conflicto se averigua complejo. Sería un gran fracaso de la PCSD no ser capaz de afrontar un rol protagonista en la resolución de este conflicto a las puertas de una UE de 27 naciones y más de 500 millones de personas, que asisten atónitos al ninguneo que Putin y Trump hacen de la “vieja Europa”.
Si finalmente se llega a un acuerdo de paz, el establecimiento de una Fuerza de Interposición se atoja necesaria y fundamental. Putin no quiere a los europeos. ¿Quizás esté pensando en los americanos?. No parece que eso forme parte de los planes del “socio” Trump, que ve la resolución del conflicto ucraniano como parte de su estrategia de “desengancharse” militarmente de Europa para centrar su esfuerzo en el Indo pacífico y enfrentarse a China. ¿Quizás Putin esté pensando en una Fuerza de Interposición de cascos azules (no europeos) avalada por alguna resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas? Europa (Francia y Alemania) no permitirá que terceros actores de esa consistencia vengan a imponer la paz en su propio suelo. Es una cuestión europea y como tal debe resolverse. Es tiempo ahora de la diplomacia europea que debe romper estereotipos y abrirse paso en el callejón sin salida que Trump y Putin nos han metido. Después vendrá la solución militar que la UE debe imponer para asegurar el respeto a las condiciones del acuerdo de paz dentro de su territorio. Ucrania forma parte de Europa (Rusia también). Una solución militar que pasa por el éxito o el fracaso de una hace mucho tiempo cuestionada PCSD… hasta el momento.