Malestar con el embajador belga por defender la actuación de los jueces de su país sobre Puigdemont y el “procés”

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A Marc Calcoen, embajador de Bélgica en España, se le presuponen unas dotes para la diplomacia que le han colocado en el lugar en el que está. Por ello  no puede calificarse de error, sino simplemente de pura estrategia, el discurso que pronunció el pasado jueves día 14 en una recepción ofrecida en su sede consular en Madrid ante unas doscientas personas. Era la víspera del Día del Rey, una fiesta en honor a la monarquía belga que se conmemora en todas las embajadas de Bélgica. Unas doscientas personas acudieron al acto.

Entre los asistentes figuraban altas personalidades del Ministerio de Asuntos Exteriores y representantes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado españolas. Marc Calcoen empezó diciendo que el mes de octubre habría que borrarlo del calendario hispano-belga, por el enorme número de críticas que recibe su gobierno y la justicia belga por asuntos relacionados con Puigdemont y el procés, año tras año. Se refería entre otros temas a la aceptación del recurso del Tribunal de Apelaciones de Bruselas, a petición de los abogados de Puigdemont.

Los abogados del político catalán anunciaron como un triunfo que el Tribunal de Apelaciones de Bruselas hubiera decidido reabrir el caso, que fue archivado por la imposibilidad de llegar a una conclusión. La defensa de Puigdemont acusa a los servicios secretos españoles de instalar el geolocalizador, aunque carece de prueba alguna que lo avale. Además, la vista de la Euroorden contra Puigdemont, emitida por el juez Pablo Llanera, se ha retrasado hasta el 19 de diciembre. Lo del mes de octubre era una frase sin mayor importancia, en la que el embajador apelaba al deseo de fortalecer las relaciones hispano-belgas, pero luego, tras la vaselina, vino el gancho de izquierdas.

Marc Calcoen, como quien no quiere la cosa, aludió a un artículo publicado en “El País” el pasado 7 de octubre en el que apelaba a la necesidad del respeto a la separación del poder ejecutivo, legislativo y judicial como pedía ya hace tres siglos Montesquieu. Y ahí ya remató. El diplomático belga pidió que se atempere el tono de las críticas para la justicia belga. Solicitó que se dejara a los jueces belgas hacer su trabajo. Y ahí no había periodistas. Solo personalidades que trabajaban para el estado español. Algunos de los asistentes se sintieron heridos. El discurso del embajador no fue un pellizco de monja, y aunque no llegó a bofetada en toda regla, algunos de los asistentes lo interiorizaron como una fuerte patada en la espinilla.