En julio del pasado año “me estrenaba” en Escudo Digital con un artículo sobre la participación de nuestro país en la cumbre de la Alianza Atlántica en Washington. En mi inexperta narrativa argumentaba que España llegaba a la cumbre que se celebraba en la capital del país líder de la organización como el Estado de la Alianza que menos gastaba en Defensa en términos porcentuales del PIB.
A pesar de que, en aquel momento, la guerra en Ucrania comenzaba a inclinar la balanza del lado ruso, la situación no era lo suficientemente preocupante para alarmarse y las cosas siguieron como estaban en el interés de que tarde o temprano la crisis se resolvería de una manera u otra, pero sin afectar de ninguna manera al statu quo de la alianza que durante tanto tiempo habían cimentado las relaciones de ambos lados del Atlántico.
De esa forma, la cumbre de Washington puso el énfasis en el concepto estratégico de la Alianza aprobado en Madrid dos años antes, pero no fue mas allá. Se pensaba que las medidas políticas, económicas y militares que los países de la Organización habían puesto en marcha en apoyo a Ucrania podrían resolver la crisis de una manera soft alcanzando un acuerdo de paz que mantuviese su integridad territorial, pero garantizando la autonomía de las provincias rusófonas objeto de la disputa. Tres años después, la situación es diametralmente opuesta. No solo porque la balanza del conflicto está totalmente desnivelada en favor de Rusia sino, lo que es más grave, la OTAN ha dejado de ser el necesario contrapeso con el que Occidente contaba para una resolución que, si no favoreciese, al menos no perjudicase los intereses de Kiev.
Cambio radical de la situación
Menos de un año después de la celebración de la cumbre de Washington, la situación ha cambiado radicalmente. La llegada de Trump al poder ha dado un vuelco de 180º al conflicto y el apoyo militar de los EE. UU. está sujeto a una serie de circunstancias por todos conocidas que pasan por una aceptación de las condiciones norteamericanas del previsible acuerdo de paz, que no son otras que las concesiones económicas de explotación exclusivas de recursos minerales y tierras raras en suelo ucraniano.
Para apoyar sus pretensiones, Trump ha declarado por activa y por pasiva que, si la aceptación por parte de Ucrania de sus condiciones no se produce, retirará su apoyo militar incluidos aquellos medios norteamericanos que, bajo el paraguas de la OTAN, son utilizados para el apoyo a las tropas ucranianas. Por no hablar de la “supresión técnica” del armamento y capacidades militares que, estimadas en más de 65.000 millones de USD, la administración Biden proporcionó a Ucrania desde el comienzo del conflicto.
Hablar del apoyo militar norteamericano a Ucrania es lo mismo que hablar del apoyo de la OTAN, por lo que la próxima cumbre al máximo nivel que la Alianza a celebrar en La Haya los días 24 y 25 de junio se prevé transcendental para el futuro de la organización. La cumbre, aunque de carácter ordinario, se presenta tan extraordinaria como lo fue la convocada el 24 de marzo del 2022 por el entonces secretario general Jens Stoltenberg tras la invasión rusa de Ucrania a los pocos días después de desatarse las hostilidades bélicas. Sin embargo, las consecuencias no serán similares. El comunicado final sin duda dejará de considerar a Rusia como “la amenaza que abarca todos los ámbitos y que persistirá a largo plazo”, tal y como figuraba en el comunicado oficial de la última cumbre celebraba en Washington el pasado año.
Nueva retórica atlantista
Será sin duda “apasionante” cómo, en la reunión preparatoria de la cumbre de los ministros de Asuntos exteriores de la OTAN que se celebra en Bruselas esta semana, el flamante nuevo secretario de Estado norteamericano Marco Rubio impone una nueva retorica atlantista sobre Rusia. Eslóganes como que “la Alianza no busca la confrontación ni representa una amenaza para Rusia” o “la condena de su retórica nuclear y de la intensificación de sus acciones hibridas agresivas” seguramente ya no formarán parte del comunicado final de la reunión. Se está asistiendo al inicio de un nuevo ciclo estratégico de la OTAN; un ciclo que persigue mitigar el riesgo de confrontación con Rusia evitando a todas luces una escalada y la disposición de mantener los canales de comunicación abiertos con el Kremlin.
En Washington 2024 los aliados acordaron para la próxima cumbre la elaboración de recomendaciones sobre el enfoque estratégico de la OTAN respecto de Rusia, teniendo en cuenta el cambiante entorno de seguridad. Sin duda, estas recomendaciones distarán mucho de las aprobadas no solo en Washington, sino también de las contenidas en el actual concepto estratégico de la Alianza aprobado en Madrid hace escasos tres años, cuando la guerra de Ucrania ya había comenzado. Los conceptos estratégicos de la OTAN son documentos que establecen las líneas maestras de la organización. Hasta la fecha su redacción se correspondía con ciclos de unos diez años y se fundamentaban en la necesidad de cambio cuando un acontecimiento internacional de profunda significancia geopolítica lo requería.
Ocho conceptos estratégicos
Desde 1947, la OTAN ha tenido ocho conceptos estratégicos que han sido los elementos cohesionadores de la política de la Alianza a lo largo de su historia. Los cuatro primeros (1950, 1952, 1957 y 1968), aprobados en plena Guerra Fría, se fundamentaron principalmente en la disuasión y la defensa colectiva con una progresiva atención a la distensión. Desde la desmembración de la Unión Soviética hasta nuestros días se han aprobado cuatro más respondiendo a los cambios de ciclo geopolíticos que la historia ha ido produciendo.
Así en 1991, se elaboró un nuevo concepto estratégico producto sin duda del nuevo orden mundial surgido de la caída del muro de Berlín. En 1999, tras la crisis de los Balcanes, la OTAN, coincidiendo con el 50º aniversario de su creación, transformaba su tradicional concepto de defensa colectiva por el de seguridad compartida, abriendo el debate sobre el nuevo rol de la organización en los años venideros.
La necesidad de disponer de herramientas políticas tras los ataques terroristas que tuvieron su principal paradigma en los de septiembre de 2001 en los EE. UU. obligó a la Alianza a afrontar cambios esenciales en su estrategia en un entorno de seguridad que ya no se limitaba geográficamente a Europa. Así, en 2010, además de la tradicional defensa colectiva, la OTAN sumó la gestión de crisis y la seguridad cooperativa como misiones esenciales en un nuevo conceto estratégico.
Sin embargo, la relativa tranquilidad que vivía el mundo hasta ese momento pronto se truncaría con nuevos acontecimientos mundiales como las primaveras árabes de 2011 y la invasión de Rusia de la península de Crimea en 2014. La diplomacia de softpower rusa aplicando estrategias hibridas de confrontación dinamitaban internamente a la organización aumentando su influencia a través de conflictos como en Libia, Siria, Irak o Afganistán, centrados en la lucha contra el terrorismo. Un nuevo orden emergía a través de los nuevos desafíos planteados por el revisionismo ruso.
Paralelamente se asistía a un “rebalance” de la política exterior norteamericana hacia su nuevo escenario prioritario del Indo-Pacífico señalando a China como su principal competidor estratégico. Nacía así el actual concepto estratégico de la Alianza aprobado en la cumbre de Madrid en 2022, en el que se establecía un reajuste transcendental en las prioridades estratégicas de la Alianza en una época marcada por el “retorno de la rivalidad sistémica y de auge de amenazas globales”.
Entorno multidominio
En su prefacio, el nuevo concepto rezaba: “Nuestro mundo se caracteriza por la conflictividad y la imprevisibilidad. La guerra de agresión de la Federación Rusa contra Ucrania ha destruido la paz y ha alterado gravemente nuestro entorno de seguridad. Su invasión brutal e ilegal, sus repetidas violaciones del derecho internacional humanitario y sus abyectos ataques y atrocidades han causado un sufrimiento y una destrucción inenarrables. Una Ucrania fuerte e independiente es vital para la estabilidad del área euroatlántica. El comportamiento de Moscú refleja una pauta de acciones agresivas rusas contra sus vecinos y contra la comunidad transatlántica en sentido amplio….”.
De esa forma durante la cumbre de la OTAN en Madrid, los países de la Alianza certificaron que Rusia ya no podia ser considerada como un partenaire, convencidos del momento geopolítico que constituía el retorno de una gran guerra tradicional, pero en nuevo entorno multidominio en suelo europeo señalando a la disuasión y la defensa como la prioridad número uno de la Alianza.
¿Dónde quedarán ahora, tres años después del comienzo de la guerra de Ucrania, los postulados de la organización que contienen el concepto estratégico de la Alianza aprobado en Madrid? Sin duda la llegada de Trump a la Casa Blanca ha supuesto un nuevo cambio de ciclo a nivel geopolítico global. Esos que provocan nuevos conceptos estratégicos en la OTAN. La diferencia ahora estriba en que en los anteriores prevalecía la lógica previsibilidad de la acción-reacción de la organización y el acuerdo consensuado de todos los socios para llevarlo a cabo. Pero ahora es diferente. ¿Estamos asistiendo al comienzo de un cambio de ciclo en la OTAN o al final de ciclo de un modelo defensivo de la civilización occidental surgido tras la última de las guerras mundiales? En definitiva, ¿un nuevo ciclo estratégico o una refundación “trumpista” de la OTAN?